lunes, 13 de febrero de 2017

Cuando no me quedaba nada

Mi cadáver era tan bello
que el día de mi entierro
no me enterraron, me casaron.
Las viudas se peleaban
por mi corona de flores
y los señores justaban
por mantear mi féretro.
El enterrador fue elegido
mi marido y de luna de miel
fuimos al vertedero.
Una gaviota se llevó mi ojo
y mi amado sepulturero
me dio tal pico violento
que me catapultó más allá del cielo.
El pendiente se me enganchó
en la cometa de un niño,
que me metió en la mochila
y me trajo al colegio.
Y así acabé, aprendiendo
a sumar y a restar,
de nuevo mi tiempo.

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